El niño con el pijama de rayas, novela John Boyne, es un libro que siempre me encontraba en el metro. Todas las mañanas veía en el mismo vagón que iba yo por lo menos a alguien con un ejemplar. Siempre tuve curiosidad por leerlo, simplemente por su viralidad, y con la salida de la película no me lo pensé dos veces y sin saber de qué iba (me habían recomendado que mejor así) comencé a leerlo.
El niño con el pijama de rayas (libro, 2007)










La novela cuenta con una serie de elementos que la convierten en carne de la masa lectora: drama judío, drama niño y drama drama. El drama de la Segunda Guerra Mundial visto a los ojos de un niño es una fórmula ganadora y más si cuenta con relativamente pocas páginas y una lectura fácil.
Cuando empecé a leer el libro no tenía ni idea de qué iba pero al terminar el segundo capítulo visualicé perfectamente la historia. Juega con un factor sorpresa que no tiene y una forma, que sería innovadora si no recordamos a Ana Frank, de contar la historia Nazi distinta: desde los ojos de un niño.
Su previsibilidad, excepto por los capítulos finales, y la inocencia tan forzada que pasa a ser ignorancia y torpeza por parte de los niños protagonistas, manchan una historia que tiene detalles verdaderamente mágicos desatados por la mente aventurera de un niño.
Cuenta con un final que cierra a la perfección todos las ideas que se cuecen a lo largo de la novela y, en mi caso, fue toda una sorpresa. Novela de lectura recomendada por la repercusión que ha tenido pero no por el libro propiamente dicho.
El niño con el pijama de rayas (película, 2008)










La adaptación de la novela está realmente conseguida en cuanto a ambientación y personajes. Hay ciertos detalles que me los había imagina distintos, relacionados con el físico del protagonista y la casa a la que es destinado el padre del mismo, pero por lo demás es muy fiel al libro.
¿Qué ocurre para que la película sea mucho peor que la novela? Pues que el único aliciente del libro se desvanece desde la primera escena: la forma de contar la historia. En la novela la historia está contada a los ojos de un niño, se saben sus pensamientos y cómo ve la realidad distorsionada por su inocencia y falta de maldad.
En la adaptación la historia está contada por una tercera persona, que no puede entrar en la cabeza del niño y los matices más importantes de la película se pierden sustituyéndolos por silencios y miradas atónitas. Cada detalle cobra un sentido distinto, mucho más superficial, omitiendo los flashbacks de los recuerdos del niño, y terminando con un final al que le aplican un tono de tensión, abusando de contraplanos, que no viene a cuento.
Una persona que no haya leído la novela puede percibir la película como completa y más que decente, pero los que conocemos la historia sólo podemos pensar en las piezas que faltan, en mi opinión, las más importantes.