









La fuerza cautivadora de un truco de magia reside en el desconocimiento de su secreto. Cuanto mayor sea este, más nos gusta “¿Cómo lo ha hecho?”, te preguntas, y la incapacidad para resolver el misterio aumenta a la par que el asombro. En El ilusionista, no sabemos cómo Eisenheim (Edward Norton) se las arregla para efectuar tales proezas, asistimos a su espectáculo tan anonadados como nuestros homólogos del teatro donde actúa, y como no queda claro si lo suyo es artimaña o poder sobrenatural, la atención se mantiene para intentar desvelarlo. Cuando la película termina, ese encanto ha desaparecido por culpa de un final torpe que estropea todo lo anterior.
El protagonista es un mago superdotado de clase trabajadora que se enamora en su pubertad de la atractiva Sophie (Jessica Biel), a quién pierde de vista durante quince años por ser ella duquesa y su amor, por tanto, imposible. En ese tiempo desarrolla sus habilidades hasta convertirse en el mejor y más famoso mago de la Viena de principios del siglo XX, tanto que despierta la curiosidad y después la envidia del mismísimo hijo del emperador, el príncipe Leopold (Rufus Sewell). Curiosa paradoja le guarda el destino a Eisenheim, ya que la prometida del príncipe no es ni más ni menos que Sophie. Desde el instante de su reencuentro, con permiso del inquisitivo pero honesto Inspector Uhl (Paul Giamatti), este intentará lo imposible para recuperarla.
Todo eso se sigue con inquietud gracias, insisto, a los increíbles trucos de Eisenheim y su misterio, pero todo lo que queríamos descubrir acaba resolviéndose de un golpe y de la forma más convencional. Lo peor del desenlace es que cambia inintencionadamente la naturaleza de los personajes: si el príncipe no es un asesino, ¿por qué debe morir? ¿Cuál es su culpa? ¿Merece un balazo en la sien por egoísta y ambicioso? Y si Eisenheim es tan bueno, ¿por qué injuria y provoca una muerte para salirse con la suya?
DirectordeSine (28/11/06)
