Elemental, querido Watson
27 abr 2009
Para animar a bloggers a participar en el sorteo para conseguir el último libro de Sherlock Holmes, Los Irregulares de Baker Street. La Caída de los Increíbles Zalinda, he decidido poner un post válido para participar aunque, obviamente, yo no entraré en el sorteo final. Sherlock Holmes ha sido uno de los héroes de mi infancia y una de mis principales motivaciones para leer cuando era un enano.
Si Sherlock existiera sería una persona alta, delgada, con una capacidad deductiva sorprendente y el ojo observador de un niño. Por supuesto, sería una persona muy curiosa y eso le llevaría a ser muy culto, motivado por una constante inquietud por conocer. Si tuviera que elegir un ejemplo actual sería una mezcla entre El Mentalista (que estoy convencido que está inspirado en el personaje de Arthur Conan Doyle), Grissom (CSI Las Vegas) y House.
Aunque muchos literatos sostienen que Holmes está inspirado en Auguste Dupin, personaje detectivesco creado por Edgar Allan Poe, otro de mis escritores preferidos; lo que le dio la fama a Holmes fue su carácter irónico e ingenioso, y no excéntrico como el de Dupin. Una forma de entender a este impresionante detective es leyendo un fragmento de Un escándalo en Bohemia, una de mis novelas preferidas. Aunque es un poco largo merece la pena:
Regresaba yo cierta noche, la del 20 de marzo de 1888, de una visita a un enfermo (porque había vuelto a consagrarme al ejercicio de la medicina civil) y tuve que pasar por Baker Street. Al cruzar por delante de la puerta que tan gratos recuerdos tenía para mí, y que por fuerza tenía que asociarse siempre en mi mente con mi noviazgo y con los tétricos episodios del Estudio en escarlata, me asaltó un vivo deseo de volver a charlar con Holmes y de saber en qué estaba empleando sus extraordinarias facultades. Vi sus habitaciones brillantemente iluminadas y, cuando alcé la vista hacia ellas, llegué incluso a distinguir su figura, alta y enjuta, al proyectarse por dos veces su negra silueta sobre la cortina. Sherlock Holmes se paseaba por la habitación a paso vivo con impaciencia, la cabeza caída sobre el pecho las manos entrelazadas por detrás de la espalda. Para mí, que conocía todos sus humores y hábitos, su actitud y sus maneras tenían cada cual un significado propio. Otra vez estaba dedicado al trabajo. Había salido de las ensoñaciones provocadas por la droga, y estaba lanzado por el husmillo fresco de algún problema nuevo Tiré de la campanilla de llamada, y me hicieron subir a la habitación que había sido parcialmente mía. Sus maneras no eran efusivas. Rara vez lo eran pero, según yo creo, se alegró de verme. Sin hablar apenas, pero con mirada cariñosa, me señaló con un vaivén de la mano un sillón, me echó su caja de cigarros, me indicó una garrafa de licor y un recipiente de agua de seltz que había en un rincón. Luego se colocó en pie delante del fuego, y me paso revista con su característica manera introspectiva.
—Le sienta bien el matrimonio —dijo a modo de comentario—. Me está pareciendo, Watson, que ha engordado usted siete libras y media desde la última vez que le vi.
—Siete —le contesté.
—Pues, la verdad, yo habría dicho que un poquitín más. Yo creo, Watson, que un poquitín más. Y, por lo que veo, otra vez ejerciendo la medicina. No me había dicho usted que tenía el propósito de volver a su trabajo.
—Pero ¿cómo lo sabe usted?
—Lo estoy viendo; lo deduzco. ¿Cómo sé que últimamente ha cogido usted mucha humedad, y que tiene a su servicio una doméstica torpe y descuidada?
—Mi querido Holmes —le dije—, esto es demasiado. De haber vivido usted hace unos cuantos siglos, con seguridad que habría acabado en la hoguera. Es cierto que el jueves pasado tuve que hacer una excursión al campo y que regresé a mi casa todo sucio; pero como no es ésta la ropa que llevaba no puedo imaginarme de qué saca usted esa deducción. En cuanto a Mary, sí que es una muchacha incorregible, y por eso mi mujer le ha dado ya el aviso de despido; pero tampoco sobre ese detalle consigo imaginarme de qué manera llega usted a razonarlo.
Sherlock Holmes se rió por lo bajo y se frotó las manos, largas y nerviosas.
—Es la cosa más sencilla —dijo—. La vista me dice que en la parte interior de su zapato izquierdo, precisamente en el punto en que se proyecta la claridad del fuego de la chimenea, está el cuero marcado por seis cortes casi paralelos. Es evidente que han sido producidos por alguien que ha rascado sin ningún cuidado el borde de la suela todo alrededor para arrancar el barro seco. Eso me dio pie para mi doble deducción de que había salido usted con mal tiempo y de que tiene un ejemplar de doméstica londinense que rasca las botas con verdadera mala saña. En lo referente al ejercicio de la medicina, cuando entra un caballero en mis habitaciones oliendo a cloroformo, y veo en uno de los costados de su sombrero de copa un bulto saliente que me indica dónde ha escondido su estetoscopio, tendría yo que ser muy torpe para no dictaminar que se trata de un miembro en activo de la profesión médica.
No pude menos de reírme de la facilidad con que explicaba el proceso de sus deducciones, y le dije:
—Siempre que le oigo aportar sus razones, me parece todo tan ridículamente sencillo que yo mismo podría haberlo hecho con facilidad, aunque, en cada uno de los casos, me quedo desconcertado hasta que me explica todo el proceso que ha seguido. Y, sin embargo, creo que tengo tan buenos ojos como usted.
—Así es, en efecto —me contestó, encendiendo un cigarrillo y dejándose caer en un sillón—. Usted ve, pero no se fija. Es una distinción clara. Por ejemplo, usted ha visto con frecuencia los escalones para subir desde el vestíbulo a este cuarto.
—Muchas veces.
—¿Como cuántas?
—Centenares de veces.
—Dígame entonces cuántos escalones hay.
—¿Cuántos? Pues no lo sé.
—¡Lo que yo le decía! Usted ha visto, pero no se ha fijado. Ahí es donde yo hago hincapié. Pues bien: yo sé que hay diecisiete escalones, porque los he visto y, al mismo tiempo, me he fijado. A propósito, ya que le interesan a usted estos pequeños problemas, y puesto que ha llevado su bondad hasta hacer la crónica de uno o dos de mis insignificantes experimentos, quizá sienta interés por éste.
¡Sherlock es el más grande! ¿Qué me espero del nuevo libro? Pues al estar Holmes acompañado de unos niños (Los Irregulares) que se han criado en la calle, y por lo tanto deduzco que han agudizado el ingenio hasta cotas impensables; me aventuro a decir que jugarán mucho con el choque entre el refinado ingenio de Holmes y la picardía callejera de los niños, como la del Lazarillo de Tormes. La verdad es que tengo muchas ganas de leerlo.
¿Has visto lo sencillo que es participar en el concurso? ¿Te animas?





































Efectivamente, House MD está basado en Sherlock Holmes.
El Dr. House, vive en el 221B, su único amigo es el Dr. Wilson (Watson), y es adicto a las drogas.
Además, en el piloto la paciente a la que trata se apellida Adler.
Si es que no tengo tiempo…. pero me encanta Sherlock. Es un personaje fascinante.
Carpe DIem
Yo ya publiqué el mío para participar, aunque distaba mucho de estar tan trabajado como éste …